Hay nombres que al pronunciarse
evocan de inmediato el paisaje y el paisanaje de un pueblo. Mª Isabel Costales
Costales es una de ellas.
Nació en Deva y allí pasó su primera
infancia.
Corría el año 1945, su madre, Tila,
había heredado una propiedad en Quintueles y junto a su marido, Bernardo
lograron levantar una casa propia con mucho esfuerzo.
Llegó el momento de dejar atrás la
antigua casa en la que vivían de alquiler, una fecha grabada en su memoria: el
8 de septiembre, día de la fiesta de Peñafrancia en Deva.
Mientras el resto de vecinos
celebraban, la familia de Maribel iniciaba la mudanza.
Con apenas 6 años recuerda
perfectamente el viaje. Todos sus enseres, sus pocos tesoros y ella misma
acomodados en un carro tirado por vacas, detrás amarrado iba el caballo y en
algún lugar del carro cacareaban las gallinas.
Maribel nunca olvidó el sitio donde nació
Junto a sus padres y sus dos
hermanos Esther y Corsino aquel viaje al paso de las vacas no era solo un
cambio de casa, era el viaje hacia una nueva vida en Quintueles.
Empezó a ir a la escuela, hizo nuevas amigas y
fue descubriendo poco a poco el lugar que terminaría siendo suyo para siempre.
Entre los recuerdos más queridos de aquella infancia está el día de su Primera
Comunión. Vestía una túnica azul de raso adornada con cintas doradas y llevaba
una cruz de madera que le había hecho René, un detalle que conservó siempre en
su memoria.
A los catorce años obtuvo el
Certificado de Estudios Primarios. Aquella era una época en la que muchas
jóvenes pasaban directamente de la niñez a la vida adulta, sin apenas
adolescencia. Al dejar la escuela comenzó a colaborar plenamente en las tareas
de la casa y del campo, ayudando a su familia en todo lo necesario.
Fue también a esa edad cuando asumió
una responsabilidad que marcaría gran parte de su vida y por la que acabaría
siendo conocida por todos: el correo.
Maribel comenzó a encargarse de numerosas
tareas. La bolsa postal llegaba a través del ALSA al que esperaba en la
carretera dos veces al día; a las 9,30 por la mañana y a las 17,20 por la
tarde. Recogía giros, paquetes y cartas certificadas; rellenaba impresos y
preparaba la correspondencia. También llevaba las pensiones a domicilio a las
personas mayores, que solían agradecerle el servicio con alguna propina. Pesaba
los paquetes y cartas que viajaban por avión para colocar los sellos
correspondientes y gestionaba los giros relacionados con las bajas por enfermedad.
En aquellos años empezaba a construirse la
Universidad Laboral, una obra que transformó profundamente la zona y atrajo a
numerosos emigrantes.
Maribel repartía el correo por la
parroquia de Quintes, la Venta de la Esperanza y Granderroble. Por Quintueles
lo hacía su tío. El reparto era siempre en bicicleta de zapatilles y madreñes,
sin importar las condiciones meteorológicas. Pedaleaba bajo el sol del verano,
bajo la lluvia del invierno y también durante las tormentas, a las que tenía
verdadero pánico. Pero nunca faltaba a su obligación.
Los domingos el trabajo continuaba.
Aprovechaba la misa para entregar cartas y avisos a muchos vecinos. El correo
era entonces mucho más que un servicio: era el vínculo con los familiares
lejanos, las noticias esperadas y, en ocasiones, las únicas palabras que
llegaban desde otros lugares.
Después de misa, la juventud de la
parroquia se reunía en Casa Lozana, donde se organizaban bailes. Allí
compartían risas, música y amistad. Su maestro de baile fue Ismael,” Mael, el de
Rovigo”, a quien siempre consideró uno de sus mejores amigos, casi como un
hermano.
Recordar su
paso por Quintes es evocar una época de felicidad absoluta, un tiempo donde
cada casa se sentía como el propio hogar. El cariño y la ayuda incondicional de
los vecinos convertían el trabajo diario en una gran familia. Figuras
inolvidables como Generosa, de casa Kiko; María, la de Ladio; o Seso, de casa
Duardo, encarnaban esa solidaridad rural tan pura. En los días de invierno,
cuando la lluvia arreciaba, sus puertas se abrían de par en par con un
ofrecimiento generoso: “Deja aquí las cartas, nosotros nos encargamos de
dárselas a los de abajo”.
Con la
incombustible energía de la juventud, Maribel repartía sus días entre las
exigencias del trabajo diario y su pasión por la música cantando con sus amigas
en el coro de Quintueles dirigido en
aquella época por el maestro Guridy ; a la vez que participaba en el grupo de
teatro. Los ensayos eran por la noche, por el día no podían perder el tiempo en
“esas cosas”.
Destaca su
papel como la hija de Don Juan en la obra “La locura de don Juan”.
El estreno
fue en la Venta de la Esperanza con un lleno total y un éxito que les llevo a
interpretar la obra en Pion en Casa Pepito y en Argüeru.
Talento no
le faltaba a Maribel que incluso recibió oferta de unirse a una compañía
profesional de teatro.
El reparto de correo le sirvió de
pretexto para acercarse al hombre que se convertiría en el gran amor de su
vida: Evelio. Juntos compartieron 57 años de vida y formaron una hermosa
familia. Su historia de amor comenzó cuando ella tenía 19 años, su primera cita
fue en las fiestas de San Pedro en Villaverde. Hoy, aunque el fallecimiento de
Evelio puso fin a su historia en común, su legado y su recuerdo permanecen
imborrables.
La historia de Maribel, “la del
correo” es una historia sencilla pero es también la historia de una época y de
una generación irrepetible: la de esas niñas y niños que compartieron el año de
nacimiento con el fin de una guerra civil y maduraron bajo el signo de la
escasez y el deber familiar. Fueron, sin embargo, un ejemplo de adaptabilidad
demostrando que quien tiene el corazón pleno ignora la escasez del mundo.
Reyes
Ugalde Tuero
































